El sentido de la vida: como nunca lo habías visto


He buscado el sentido de la vida en muchos lugares: en la religión, en la ciencia, en libros, videos y conversaciones. Cada persona o comunidad parece tener su propia respuesta, y muchas de ellas resultan incluso contradictorias entre sí, aunque más adelante descubrirás que, en el fondo, no lo son tanto.

Una de las ideas que más me ha marcado surge al comprender lo abrumador que es el tamaño del universo y aceptar que el planeta Tierra no es más que una pequeña mota de polvo. A esto se suma pensar en lo extensa que es la historia de la humanidad y en los millones de personas que, como yo, han vivido y muerto sin que sus vidas destaquen de ninguna forma.

Incluso pienso en personas famosas de las que ya nadie habla. Algunas dejaron obras con sus nombres intentando perpetuarse en la posteridad y, aun así, hoy son apenas recordadas, o no lo son en absoluto.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre lo efímera que es la vida y lo poco relevante que parece ser mientras la estamos viviendo. En muchos momentos siento que la vida no tiene sentido, y esa idea puede ser abrumadora, difícil de asimilar.

Y es aquí donde surge una idea verdaderamente disruptiva: el sentido de la vida está, precisamente, en que no tiene sentido.

Esta idea, lejos de ser negativa, está llena de beneficios.

El primero es que resulta profundamente liberadora. Si la vida no tiene un sentido intrínseco, nos libera de muchas obligaciones impuestas por la sociedad, la familia o las creencias. No tenemos que vivir como otros esperan que lo hagamos, ni seguir guiones preestablecidos.

El segundo —y para mí el más importante— es que nos permite crear nuestro propio sentido. Si nada tiene un significado absoluto, entonces podemos decidir qué hacer con nuestras vidas. Al final, lo que hacemos no es realmente relevante para nadie más que para nosotros mismos. Podemos elegir a qué darle valor.

Y es aquí donde, creo, se conectan todas las visiones sobre el sentido de la vida: cada persona ha decidido, de forma consciente o inconsciente, qué es lo que vale la pena para ella.

Quiero poner un ejemplo desde mi propia vida. No soy una persona religiosa y, en mi familia, básicamente no se ha celebrado la Navidad. Aunque para muchas personas es una fecha muy importante, si uno decide no darle significado, la Navidad pasa como cualquier otra época del año.

Sin embargo, el año anterior decidí darle sentido. Decoré mi casa, hicimos el árbol, armamos el pesebre. Celebré un poco la Navidad y convertí esa época en algo más mágico y diferente. La fecha en sí no cambió; lo que cambió fue el significado que yo decidí darle.

Este es solo un ejemplo sencillo. Podemos elegir sentidos en cosas pequeñas, pero también en asuntos mucho más trascendentales. En mi caso —y solo para mí— he decidido darle sentido a una vida tranquila, serena, al lado de mi familia, aprendiendo hasta el último día y disfrutando de la naturaleza.

Es una decisión. Y también es una decisión flexible. Puedo cambiarla, ajustar el rumbo, explorar nuevos caminos. Tengo esa libertad.

Y ahí está, para mí, el verdadero sentido de la vida: no en encontrar una respuesta universal, sino en aceptar que no la hay… y aun así tener la libertad de elegir qué hace que valga la pena vivirla.

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